LA FAMILIA MASÓNICA: FRATERNIDAD (Primera Parte)

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por Augusto Manuel del Castillo Félix, M.:M.: , Orador

Santo Domingo, D.N. Domingo 28 de octubre 2012

Trazado de Arquitectura: LA FAMILIA MASÓNICA: FRATERNIDAD (Primera Parte)

A nivel de su cornisa interior, rodeando el Templo Masónico de cada Logia, uno de nuestros más valiosos símbolos, una cadena de ingentes proporciones, orbital, significando su carácter internacional, nos recuerda lo que somos: una Fraternal Orden Universal, de cuya sucesión cada francmasón, cada logia es un irrompible eslabón; hombres a quienes son comunes valores, sentimientos, convenciones, reglas, leyes que les confieren solidez, dentro de un sistema filosófico completo, simbólico y alegórico, que adoptamos por voluntad propia y por juramento, al extender nuestros brazos, arrodillados ante el Ara, prometiendo adhesión a la nobleza de nuestros postulados y obediencia a las temporales autoridades democráticamente elegidas por y de entre todos los miembros de nuestra Hermandad.

Los Caballeros de la Patria reforzamos este concepto al incluir en nuestro Logo distintivo el Haz de Lictores, escolta de las autoridades de la antigua Roma, cuyas varas nos recuerdan que “la unión hace la fuerza”.

La Logia, sin el Masón no es tal. El Orden Universal, sin el hombre libre y de buenas costumbres que la conforma, se desmoronaría. Sin embargo, la Francmasonería ha perdurado por más de tres siglos, a lo menos, mostrando al orbe la faz decidida, determinada y orgullosa de quienes no la dejarán perecer; de quienes la han conformado con vocación de eternidad, bajo los ataques despiadados del enemigo, de la anti masonería que ha pretendido sucesivamente satanizarla, excomulgarla, ridiculizarla, suplantarla, sustituirla, desde unas y otras latitudes.

Cual integrantes de equipos en un determinado deporte, cada uno de nuestros hermanos conoce que su esfuerzo es preciso para tal pervivencia. Y, sin temor, diciéndose como Julio César al paso del Rubicón:“alea jacta est” (la suerte está echada), se lanza al terreno, avalado por la Ciencia y la Virtud que le ha enseñado el Arte Real, así como por el amor propio y a los demás, a sostener su Institución, conociéndola indispensable en un mundo pletórico de error. Pero sin miedo a la suerte que ha de correr con tal de abrazarse a la verdad y al progreso.

Con la idea de desterrar de la mente de sus iniciados y de la Tierra el dogma, el error, el fanatismo, la ignorancia y la ambición sustituyéndoles por Ciencia y Virtud, escoge a sus neófitos de entre profanos que ya de por sí estaban dotados de ciertas cualidades y quienes, paulatinamente, son introducidos al Templo, cuyas cámaras más profundas abren de manera igualmente escalonada sus respectivas puertas para mostrar a esos hermanos cómo “buscar en tierras internas”, dentro de sí mismos, el carácter que les deberá distinguir de los no iniciados, desechando viejos vicios y errores en pro de lo perfectible.

Sin fraternidad, es imposible alcanzar tales elevados fines. Y ello no escapó a la mente del masón primigenio.

Los gremios de la Edad Media que dieron origen al burgo y donde sectores de artesanos de una misma ocupación se congregaron para ofrecer sus servicios lo comprendieron. Pero el albañil, el masón operativo, embrión de cuanto somos, captó de modo especial el hecho de que el régimen y los indispensables rangos, dentro de su práctica, garantizarían el que improvisadores no se hicieran cargo de tareas más elevadas que aquellas que les correspondían a sus determinados estados de refinamiento dentro del Arte Real. Entendieron que la obra resultante, que acogería tanto al hombre común como a importantes miembros de la entonces admirada nobleza, a la sazón mecenas que hacían posible el que la maestría del obrero continuara dando frutos, las catedrales y castillos góticos; aquella obra, tenía que acercarse más y más a la perfección, en la medida que desafiaba más artística y osadamente las leyes de la gravedad, entregando a Europa y a la humanidad ese Gótico estilizado que centurias más tarde continúa asombrándonos y maravillándonos. Y, aún la obra en cuestión se hubiese tratado del germen de un diseñador de cualidades extraordinarias, comprendían nuestros hermanos ejecutores, que la labor de cada cual podía tener efectos de cruciales consecuencias. Desarrollaron, pues y ad hoc, una garantista familia digna de parangonar.

Las reglas de la convivencia, del progreso, de la certeza tuvieron que surgir con una complejidad increíble, de las mentes que sólo tenían como regla de rasero el parangón con lo práctico. Que comprendió la importancia de las formas, de las relaciones físicas, de la resistencia de los materiales, de su combinación… y gloriosamente lo comparó con su organización como estructura social.

Establecieron, nuestros antecesores operativos, un gremialismo tal que les permitió asegurar la transmisión trans generacional de su arte y ciencia, aval de certeza, seguridad y, en general…reconocimiento.

Entonces, los prohombres de la época, que pudieron comprender el símil existente en la belleza, no sólo material, sino en la subyacente, gremial y organizativa, que avalaba la primera, vieron que esas regulaciones, tradiciones, enseñanzas, convenciones, leyes… legítimas y comprobadas aseguradoras de que las obras ingentes fuesen realizadas con muy poco margen de error por aquellos artesanos sin aparente instrucción académica; esas leyes eran pasibles de ser proyectadas a lo social. Tomaron entonces el complejo código que nuestros hermanos masones operativos habían creado, llegando a ser así, los primeros, respetados y emulados por monárquicos y por parlamentarios de esa Europa de la Edad Media en la cual se comenzaban a debatir los Derechos Inherentes a la Persona Humana, que han merecido tantas lidias y tratados y de los cuales han resultado la Democracia, el Estado Moderno, así como las innovadoras Sociedades de las Naciones, con la Organización de las Naciones Unidas al tope.

Al igual que a cualquier familia, a la masónica la tipifican características que la han hecho perdurable por más de tres centurias:

  •  Respeto de sí mismo y mutuo entre sus miembros;
  •  Orden, incluida una jerarquía aceptada conforme a dictámenes absolutamente democráticos.
  •  Identificación y condolencia con el semejante que persigue, no destruir al afectado del error y la desviación, sino más bien su regeneración.
  •  Determinación jurada y cumplida, donde lo que afecta a uno afecta a todos.
  •  Discreción, implícita en su carácter iniciático que conmina a no divulgar aquello que es para consumo estrictamente interno.

Pero el factor más importante nace de lo afectivo, que podríamos catalogarlo de espiritual. Facultad que ata con mayor fuerza que las convenciones y las reglas: La Fraternidad o hermandad, que lleva a reconocer en nuestros hermanos a verdaderos miembros de una sola estirpe, a la cual, como a la consanguínea, debemos la más absoluta lealtad.